sábado, 25 de febrero de 2012

Mi elección (2)


La idea de estudiar Magisterio siempre había rondado en mi cabeza pero nunca la había considerado como una opción seria y de peso. Digo yo que estando rodeada de siete hermanos y una veintena de primos pequeños me habría dado cuenta si lo mío era la enseñanza de niños. Nada más lejos de la verdad. He de agradecer dos acontecimientos que ocurrieron en el verano antes de comenzar la Universidad que me abrieron los ojos.

El primero de ellos fue una persona, quien decidió romper mis esquemas en el momento menos oportuno. Él ya sabía que me había matriculado en otra carrera y aun así dejo caer un comentario que despertó algo en mí y me sumió de nuevo en la duda. Me dijo: “María, ahora mismo se necesitan profesores cristianos como tú”. Estuve toda la noche dándole vueltas y considerando esa posibilidad, hasta que mis padres me hicieron aterrizar a la mañana siguiente. Sin embargo,  no fui capaz de dejarla marchar del todo.

Días más tarde me marché a una ciudad llamada Swansea, en Gales (Reino Unido) como voluntaria para ayudar en un campamento de niños. Se trataba de organizar juegos, actividades manuales y canciones para amenizar la tarde a 35 niños, en su mayoría hindúes, de 4 a 12 años. Pero me bastaron esas dos horas diarias para darme cuenta que estando con ellos me sentía completa y feliz y que era algo que quería hacer el resto de mi vida.


Gracias a esta increíble y maravillosa experiencia descubrí al fin mi vocación y tuve la suerte de poder cambiarme de carrera precipitadamente.

Lo único que puedo decir ahora es que no ha habido un día en que me haya arrepentido de Mi elección.

Mi elección (1)


Cuando llegaba mi turno y me preguntaban “¿y tú, qué quieres ser de mayor?”, mis respuestas eran de lo más variopintas.  La inocencia e ingenuidad propias de una niña pequeña se reflejaban en ellas: “periodista deportiva para ver jugar al Real Madrid”,  “ama de casa para no trabajar” o “secretaria para llevar tacones y pintarme”. Conforme fui creciendo, mis contestaciones adquirieron más fundamento: “médico para ayudar a los demás”, “guía turística para viajar por todo el mundo”… Y cuando verdaderamente se acercaba el momento de elegir, fluctuaron de un extremo a otro incesantemente: “medicina para especializarme en psiquiatría o neurología”, “filología inglesa”, “psicología”, “administración de empresas”, “turismo”, “derecho”, etc.

No puedo decir que me encontrase entre las “afortunadas” que descubren su vocación a temprana edad. Siempre he sido muy indecisa, principalmente porque nunca me he llegado a identificar con un ámbito de estudio concreto. Así, cursé el itinerario de Ciencias de la Salud en parte porque era una opción que no me cerraba las puertas a otros campos. Durante el primer curso de Bachiller rondaba en mi mente la idea de estudiar Medicina, pero al comenzar 2º de Bachiller las tornas giraron hasta el punto de que intenté cambiarme al itinerario de Ciencias Sociales. Al ver que para ello tenía que recuperar las asignaturas del año anterior y que tampoco lo tenía tan claro, decidí continuar cursando Biología.
A lo largo del curso fui cambiando de carrera cada mes, pensando en todas las que he mencionado antes. Hasta que finalmente, por descarte, llegué a la conclusión de que no me quedaba otra que estudiar ADE y Derecho. 

Y diréis… ¿Cómo he acabado estudiando Magisterio?

¿Para qué? (2)


¿Para qué el colegio?¿Para qué la Educación Secundaria Obligatoria?¿Para qué Bachiller?

Siempre me han insistido en la importancia de elegir, de tomar tus propias decisiones, y más aún si se trata de elegir tu futuro profesional.

Desde esta perspectiva, el colegio, los profesores, las asignaturas  se convierten en los guías de este camino de descubrimiento y realización personal y profesional, pero no pueden decidir por ti. Lo que sí pueden hacer es proporcionarte todos los recursos posibles para facilitarte la elección. Pero, ¿para qué sirven verdaderamente?¿son eficaces?

En mi caso siempre he echado en falta más práctica (por no decir algo de práctica), más contacto con el mundo real, con el mundo laboral del que esperamos formar parte en un futuro y para el que, en teoría, nos preparan. No puede ser que vivamos en una burbuja hasta Bachiller y de repente nos obliguen a tomar una decisión que determinará en gran parte nuestra vida. Porque no es lo mismo escuchar a un médico hablar de su profesión que ayudarle en su práctica diaria. No es lo mismo que te cuenten cómo funciona una empresa que comprobarlo por ti mismo al trabajar durante un tiempo en ella.

Esto ocurre en otros países como Alemania o Estados Unidos, en los que los estudiantes de últimos cursos realizan una semana de prácticas en empresas reales  y así comprueban si es o no su vocación. Pero no pueden pretender que encontremos la luz si andamos a ciegas. Nos están pidiendo que nos lancemos al medio del océano sin conocer si habrá salvavidas, que saltemos al vacío sin saber si habrá una colchoneta que amortigüe nuestra caída o la haga más estrepitosa. Nos están pidiendo que elijamos entre un abanico infinito de posibilidades de las que solamente nos podemos formar una idea mental. Por eso todos los niños contestan, al menos una vez en su vida, a la tan frecuente pregunta “¿qué quieres ser de mayor?” lo que ven, lo que conocen: “yo, profesor” o “yo, médico como mi padre”.

¿Para qué? (1)


Más adelante, llega otro momento en nuestra adolescencia en el que el por qué se convierte en para qué.

¿Para qué estudio?¿Para qué voy al colegio?¿Para qué sirven las matemáticas?¿Para qué tengo que ir a clase?

Creo que se trata de interrogantes que nos hemos planteado en más de una ocasión a lo largo de nuestra vida escolar, especialmente en los últimos años de formación académica, orientados, en teoría, a la elección de estudios superiores que nos preparen de manera competente para la inserción en el mundo laboral. Pero esta es una cuestión en la que me detendré en la siguiente entrada.

En esta entrada me gustaría centrarme en la primera pregunta: ¿para qué estudio? Se me ocurren varias respuestas al respecto: para hacer el examen, para sacar buena nota, para  aprender, para tener una formación, para labrarme un futuro más prometedor…

Sin embargo, bajo mi punto de vista (basado en mi experiencia e impresiones recibidas de mi entorno educativo), la finalidad, el para qué del estudio de las diferentes materias es el obtener un resultado acorde a tus expectativas académicas en los exámenes. Creo sinceramente que es un gran y triste fallo focalizar el estudio en la realización de las evaluaciones, es decir, que nuestro objetivo principal, nuestra  única “motivación” para estudiar y esforzarnos sea hacer el examen y sacar buena nota.

Y es un fallo que desgraciadamente yo he cometido como estudiante. Al final lo que importa es la media, los exámenes y no el aprendizaje que se da por medio. Al final te conformas con estudiar lo necesario para aprobar y “como esto no entra para el examen, no me lo miro”. Al final tú única duda al terminar la clase es: “¿esto va a caer en el examen?”.

Está claro que se debe evaluar al alumno a través de pruebas objetivas para ver si ha integrado correctamente los conocimientos recibidos, pero deberíamos cambiar el enfoque de estudio y no entender que su finalidad principal es la nota sino ampliar nuestras miras e ir más allá de los exámenes.

¿Por qué?


Hay un momento de nuestra infancia en el que ponemos indefinidamente a prueba el ingenio y la paciencia de nuestros padres, proporcionándoles más de un quebradero de cabeza;  un momento en el que nuestra curiosidad y persistencia alcanzan límites insospechados; un momento en el que nos convertimos en “pequeños filósofos”… la época de los por qué.  Así, llega una etapa en la que de nuestra boca sale, día sí y día también, la misma pregunta: ¿y por qué?

“¿Por qué son vacaciones?- Porque no hay colegio ¿Y por qué no hay colegio?- Porque es verano ¿Y por qué es verano?- Porque hace calor ¿Y por qué hace calor?- Porque sale el sol ¿Y por qué sale el sol?...”

Yo no es que me acuerde precisamente de la mía pero sí que la he vivido con mis hermanos pequeños y sé que muchas veces la única respuesta que obtienen a cambio de su inquietud de saber es un rotundo y sincero “¡porque sí y punto!”.

Hemos descubierto un nuevo mundo lleno de reglas, costumbres, prohibiciones, sentimientos, afectos, órdenes, posibilidades… que ansiamos descubrir, explorar, probar y nuestro lenguaje nos permite expresar con palabras  cada interrogante que nos planteamos, cada nimia duda que nuestro limitado entendimiento no puede resolver.

 Sin embargo, corremos el peligro de que llegue otro momento, un momento en el que dejemos de preguntarnos el porqué de las cosas y nos apalanquemos en un cómodo conformismo de saber. Esa no es la actitud propia de un educador. Un educador siempre tiene que estar activo y en continua búsqueda, indagación y preocupación por lo que pasa a nuestro alrededor. No lo olvidemos, no dejemos nunca de preguntarnos el por qué, ya que  de lo contrario no hallaremos la verdad y, entonces,  ¿cómo se la vamos a transmitir a nuestros alumnos? Tenemos que estar despiertos ante la vida, con una actitud insaciable de conocimiento, sin acomodarnos ni aceptar lo que nos digan.

Un buen educador


Todos conocemos y hemos estudiado las características que todo maestro ha de tener para llegar a ser un buen educador. Y todos, o al menos eso espero, deseamos alcanzarlas y poder ponerlas en práctica. Sin embargo, hay un aspecto que, para mi desgracia demasiadas veces, he echado en falta a lo largo de mi formación educativa, sobre todo en los últimos cursos escolares, y que espero poder transmitir a mis alumnos cuando sea maestra.

Yo no quiero servir a mis alumnos la comida en bandeja, cortada y a poder ser bien triturada para que ellos solo tengan que ingerirla con el mínimo esfuerzo posible, amontonarla durante un tiempo en el estómago sin digerirla y luego expulsarla para dejar espacio a otra.

Yo quiero abrirles el apetito, ofreciéndoles la comida de forma exquisita, convirtiendo hasta la más indigerible en todo un manjar. Quiero que se les haga la boca agua, que se abalancen sobre ella.

Yo no quiero que la devoren y no quiero meterles la comida con un embudo, a la fuerza si es necesario, pensando que cuanta más amontonen mejor y que cuanto antes se la demos más serán capaces de amontonar.

Yo quiero que la degusten, que la saboreen lentamente, que la mastiquen todo el tiempo que haga falta hasta que se derrita en su paladar, que la almacenen y que la expulsen una vez esté bien digerida.

En definitiva, lo que yo quiero es que lleguen hambrientos a clase y que salgan saciados pero inquietos, con ganas de más, con más hambre.

viernes, 10 de febrero de 2012

Mi familia


En esta entrada no pretendo explicar qué es la familia ni su importancia para la educación porque su valor es innegable,  sino qué ha significado para mí MI familia, cómo ha influido en mi educación y en mi desarrollo como persona, ya que la finalidad de este blog es ayudarme a reflexionar sobre MI educación.

He tenido la gran suerte de nacer en una familia numerosa. Y digo suerte porque  el ser la mayor de ocho hermanos me ha permitido tener siempre el sentido de la responsabilidad y del compromiso más arraigado, una mayor capacidad de esfuerzo y de superación, de respeto y de cooperación; al igual que el sacrificio y el amor por la vida que he visto reflejado en mis padres; dejando de lado la vitalidad y la alegría que caracterizan el día a día familiar. Pero más allá de esos valores que siempre han estado presentes en mi familia,  el don más preciado que mis padres me han transmitido ha sido la Fe. Esto ha permitido que me forme una visión trascendental de la vida, una manera distinta de afrontar el sufrimiento que trae consigo y de vivir las experiencias diarias. Y todo esto no se aprende en la escuela, sino que hay que vivirlo en familia.

Este vídeo refleja en cierta medida la educación en valores que he recibido en mi familia.

"Quien eres deja huella"


Este es un caso verídico  en el que una profesora de Nueva York quiso dejar claro el impacto que cada uno de sus alumnos había causado en su vida. Para ello, decidió darles tres cintas en las que se leía: ‘Who I am makes a difference’ (“Quien soy deja huella”) y así cada alumno tenía que dárselas a una persona que fuera importante en su vida y que esta continuase la cadena. Aquí abajo os dejo el vídeo sin adelantaros el impactante final de esta brillante iniciativa.


¿Por qué me ha llamado la atención esta historia? Porque pienso sinceramente que el ser maestro es una de las profesiones más enriquecedoras humanamente hablando, ya que se trata de una relación de simbiosis (tanto el alumno como el profesor salen beneficiados). Así, no solo se persigue el crecimiento personal de cada alumno, esto es, educar en libertad para que desarrolle al máximo sus posibilidades y alcance la felicidad, sino que también el profesor puede aprender de cada uno de ellos. Por ello, no es del todo cierto que “el profesor da más de lo que recibe”. Es verdad que es muy satisfactorio ver cómo tus alumnos aprenden y más si se ve reflejado en los resultados académicos, pero, aunque no sea tangible, el profesor recibe mucho más de sus alumnos. Y es que estoy convencida de que cada alumno transmite y marca, en mayor o menor medida, al profesor, dejando su huella. ¿Y qué mejor forma de agradecérselos que haciéndoselos ver? Aun me acuerdo, y creo que nunca se me olvidará, aquella profesora de matemáticas que, sabiendo que era mi último año en ese colegio, me escribió una carta (la cual conservo) diciendo lo agradecida que estaba porque hubiese sido su alumna y deseándome lo mejor en “mi nueva andadura”; o aquel profesor de infantil recién licenciado que, al ser su primera clase, nos cogió tanto cariño que aun se acuerda de mi cumpleaños.

Y es que, muchas veces, nuestros alumnos también necesitan saber que nos importan y que han dejado una huella en nuestros corazones. 

Educación


Me gustaría dedicar mi primera entrada a explicar el porqué de la foto de fondo de mi blog, y en definitiva, el sentido que para mí tiene el término “educación”.

La educación es un “camino” que no tiene fin, que no se termina, que nunca se realiza del todo porque siempre se puede “andar” más y más. Es un proceso que el educando no puede realizar por sí solo, necesita una “bicicleta” que le sirva de soporte y le ayude a ponerse en marcha (la escuela, los padres…), es decir, necesita de los educadores (profesores y sobre todo familia). Es el educando quien “pedalea” pero para ello precisa de un empujón, una ayuda que le impulse  a “pedalear” y que le guíe en el camino, para que pueda hacer frente a los “obstáculos” que se interpongan en ese caminar, ya sean externos (situación familiar, ámbito social y político…) o internos (incapacidades, falta de interés, motivación…) y para que vaya creciendo como persona a lo largo del “camino”.

En mi opinión, para educar son indispensables los dos “pedales” de la bicicleta: la familia y la escuela (dejando de lado el papel que juega la sociedad, los medios de comunicación, etc.).  Si uno de ellos falla, el “caminar” se hace más arduo y difícil. Esto no quiere decir que imposibilite la educación, sino que la hace “cojear”, la hace incompleta. La escuela no es capaz de suplir lo que en la familia se transmite (amor, vínculos fraternales, valores y creencias…),  al igual que la familia no puede suplir lo que en la escuela se enseña (socialización, conocimientos, adquisición de competencias y hábitos…).  Ambas han de complementarse e interactuar con el protagonista de este “caminar”, el educando.