Hay un momento de nuestra infancia en el que ponemos
indefinidamente a prueba el ingenio y la paciencia de nuestros padres,
proporcionándoles más de un quebradero de cabeza; un momento en el que nuestra curiosidad y
persistencia alcanzan límites insospechados; un momento en el que nos
convertimos en “pequeños filósofos”… la época de los por qué. Así, llega una etapa en la que de nuestra boca
sale, día sí y día también, la misma pregunta: ¿y por qué?
“¿Por qué son vacaciones?- Porque no hay colegio ¿Y por qué
no hay colegio?- Porque es verano ¿Y por qué es verano?- Porque hace calor ¿Y
por qué hace calor?- Porque sale el sol ¿Y por qué sale el sol?...”
Yo no es que me acuerde precisamente de la mía pero sí que
la he vivido con mis hermanos pequeños y sé que muchas veces la única respuesta
que obtienen a cambio de su inquietud de saber es un rotundo y sincero “¡porque
sí y punto!”.
Hemos descubierto un nuevo mundo lleno de reglas, costumbres,
prohibiciones, sentimientos, afectos, órdenes, posibilidades… que ansiamos descubrir,
explorar, probar y nuestro lenguaje nos permite expresar con palabras cada interrogante que nos planteamos, cada nimia
duda que nuestro limitado entendimiento no puede resolver.
Sin embargo, corremos
el peligro de que llegue otro momento, un momento en el que dejemos de
preguntarnos el porqué de las cosas y nos apalanquemos en un cómodo conformismo
de saber. Esa no es la actitud propia de un educador. Un educador siempre tiene
que estar activo y en continua búsqueda, indagación y preocupación por lo que
pasa a nuestro alrededor. No lo olvidemos, no dejemos nunca de preguntarnos el
por qué, ya que de lo contrario no
hallaremos la verdad y, entonces, ¿cómo
se la vamos a transmitir a nuestros alumnos? Tenemos que estar despiertos ante
la vida, con una actitud insaciable de conocimiento, sin acomodarnos ni aceptar
lo que nos digan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario