sábado, 25 de febrero de 2012

¿Por qué?


Hay un momento de nuestra infancia en el que ponemos indefinidamente a prueba el ingenio y la paciencia de nuestros padres, proporcionándoles más de un quebradero de cabeza;  un momento en el que nuestra curiosidad y persistencia alcanzan límites insospechados; un momento en el que nos convertimos en “pequeños filósofos”… la época de los por qué.  Así, llega una etapa en la que de nuestra boca sale, día sí y día también, la misma pregunta: ¿y por qué?

“¿Por qué son vacaciones?- Porque no hay colegio ¿Y por qué no hay colegio?- Porque es verano ¿Y por qué es verano?- Porque hace calor ¿Y por qué hace calor?- Porque sale el sol ¿Y por qué sale el sol?...”

Yo no es que me acuerde precisamente de la mía pero sí que la he vivido con mis hermanos pequeños y sé que muchas veces la única respuesta que obtienen a cambio de su inquietud de saber es un rotundo y sincero “¡porque sí y punto!”.

Hemos descubierto un nuevo mundo lleno de reglas, costumbres, prohibiciones, sentimientos, afectos, órdenes, posibilidades… que ansiamos descubrir, explorar, probar y nuestro lenguaje nos permite expresar con palabras  cada interrogante que nos planteamos, cada nimia duda que nuestro limitado entendimiento no puede resolver.

 Sin embargo, corremos el peligro de que llegue otro momento, un momento en el que dejemos de preguntarnos el porqué de las cosas y nos apalanquemos en un cómodo conformismo de saber. Esa no es la actitud propia de un educador. Un educador siempre tiene que estar activo y en continua búsqueda, indagación y preocupación por lo que pasa a nuestro alrededor. No lo olvidemos, no dejemos nunca de preguntarnos el por qué, ya que  de lo contrario no hallaremos la verdad y, entonces,  ¿cómo se la vamos a transmitir a nuestros alumnos? Tenemos que estar despiertos ante la vida, con una actitud insaciable de conocimiento, sin acomodarnos ni aceptar lo que nos digan.

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