Más adelante, llega otro momento en nuestra adolescencia en
el que el por qué se convierte en para qué.
¿Para qué estudio?¿Para qué voy al colegio?¿Para qué sirven
las matemáticas?¿Para qué tengo que ir a clase?
Creo que se trata de interrogantes que nos hemos planteado
en más de una ocasión a lo largo de nuestra vida escolar, especialmente en los
últimos años de formación académica, orientados, en teoría, a la elección de
estudios superiores que nos preparen de manera competente para la inserción en
el mundo laboral. Pero esta es una cuestión en la que me detendré en la
siguiente entrada.
En esta entrada me gustaría centrarme en la primera
pregunta: ¿para qué estudio? Se me ocurren varias respuestas al respecto: para hacer el
examen, para sacar buena nota, para
aprender, para tener una formación, para labrarme un futuro más
prometedor…
Sin embargo, bajo mi punto de vista (basado en mi
experiencia e impresiones recibidas de mi entorno educativo), la finalidad, el
para qué del estudio de las diferentes materias es el obtener un resultado
acorde a tus expectativas académicas en los exámenes. Creo sinceramente que es
un gran y triste fallo focalizar el estudio en la realización de las
evaluaciones, es decir, que nuestro objetivo principal, nuestra única “motivación” para estudiar y esforzarnos
sea hacer el examen y sacar buena nota.
Y es un fallo que desgraciadamente yo he cometido como
estudiante. Al final lo que importa es la media, los exámenes y no el
aprendizaje que se da por medio. Al final te conformas con estudiar lo necesario
para aprobar y “como esto no entra para el examen, no me lo miro”. Al final tú
única duda al terminar la clase es: “¿esto va a caer en el examen?”.
Está claro que se debe evaluar al alumno a través de pruebas
objetivas para ver si ha integrado correctamente los conocimientos recibidos,
pero deberíamos cambiar el enfoque de estudio y no entender que su finalidad principal
es la nota sino ampliar nuestras miras e ir más allá de los exámenes.
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