La idea de estudiar Magisterio siempre había rondado en mi
cabeza pero nunca la había considerado como una opción seria y de peso. Digo yo
que estando rodeada de siete hermanos y una veintena de primos pequeños me
habría dado cuenta si lo mío era la enseñanza de niños. Nada más lejos de la
verdad. He de agradecer dos acontecimientos que ocurrieron en el verano antes de
comenzar la Universidad que me abrieron los ojos.
El primero de ellos fue una persona, quien decidió romper
mis esquemas en el momento menos oportuno. Él ya sabía que me había matriculado
en otra carrera y aun así dejo caer un comentario que despertó algo en mí y me
sumió de nuevo en la duda. Me dijo: “María, ahora mismo se necesitan profesores
cristianos como tú”. Estuve toda la noche dándole vueltas y considerando esa
posibilidad, hasta que mis padres me hicieron aterrizar a la mañana
siguiente. Sin embargo, no fui capaz de
dejarla marchar del todo.
Días más tarde me marché a una ciudad llamada Swansea, en
Gales (Reino Unido) como voluntaria para ayudar en un campamento de niños. Se trataba
de organizar juegos, actividades manuales y canciones para amenizar la tarde a
35 niños, en su mayoría hindúes, de 4 a 12 años. Pero me bastaron esas dos horas diarias para
darme cuenta que estando con ellos me sentía completa y feliz y que era algo
que quería hacer el resto de mi vida.
Gracias a esta increíble y maravillosa experiencia descubrí al
fin mi vocación y tuve la suerte de poder cambiarme de carrera
precipitadamente.
Lo único que puedo decir ahora es que no ha habido un día en
que me haya arrepentido de Mi elección.
Está muy bien, María; pero no te olvides del objetivo: reflexionar sobre la propia educación.
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