Cuando llegaba mi turno y me preguntaban “¿y tú, qué quieres
ser de mayor?”, mis respuestas eran de lo más variopintas. La inocencia e ingenuidad propias de una niña
pequeña se reflejaban en ellas: “periodista deportiva para ver jugar al Real
Madrid”, “ama de casa para no trabajar” o “secretaria para llevar tacones y pintarme”. Conforme fui creciendo, mis
contestaciones adquirieron más fundamento: “médico para ayudar a los demás”, “guía
turística para viajar por todo el mundo”… Y cuando verdaderamente se acercaba
el momento de elegir, fluctuaron de un extremo a otro incesantemente: “medicina
para especializarme en psiquiatría o neurología”, “filología inglesa”, “psicología”,
“administración de empresas”, “turismo”, “derecho”, etc.
No puedo decir que me encontrase entre las “afortunadas” que
descubren su vocación a temprana edad. Siempre he sido muy indecisa,
principalmente porque nunca me he llegado a identificar con un ámbito de
estudio concreto. Así, cursé el itinerario de Ciencias de la Salud en parte
porque era una opción que no me cerraba las puertas a otros campos. Durante el
primer curso de Bachiller rondaba en mi mente la idea de estudiar Medicina,
pero al comenzar 2º de Bachiller las tornas giraron hasta el punto de que
intenté cambiarme al itinerario de Ciencias Sociales. Al ver que para ello
tenía que recuperar las asignaturas del año anterior y que tampoco lo tenía tan
claro, decidí continuar cursando Biología.
A lo largo del curso fui cambiando de carrera cada mes,
pensando en todas las que he mencionado antes. Hasta que finalmente, por
descarte, llegué a la conclusión de que no me quedaba otra que estudiar ADE y
Derecho.
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