En la primera entrada del Blog dejé claro que los dos pedales
indispensables para avanzar en el proceso que llamamos educación son la familia
y la escuela. En su momento di cuatro pinceladas acerca de Mi familia, ahora le
toca el turno a Mi colegio, o mejor dicho Mis colegios.
He tenido la suerte de cursar toda la etapa de Infantil y
Primaria en el colegio Luis Amigó. Y digo suerte porque ha sido, junto con la
familia, el lugar donde he crecido, he madurado, y sobre todo, he aprendido
durante la mitad de mi corta pero intensa vida. Ha sido el lugar donde he
jugado, he hecho amigos…y no tan amigos; donde he escuchado, aceptado, respetado y perdonado; donde he reído y llorado; donde he competido y me he superado;
el lugar donde he amado… el lugar que he amado.
Y todo ello ha sido posible, en gran medida, gracias a los
profesores, esas personas con nombre y apellidos que nunca me cansaré de
recordar y querer.
Ricardo fue mi primer profesor; yo fui su primera alumna, su
alumna favorita (no era de extrañar, puesto que durante los tres primeros años
de Infantil solo estuvimos dos chicas en clase). Siempre me acordaré de aquel día en que me
castigó a pensar contra la pared. El sentimiento de haberle decepcionado caló tan hondo...que fue el primer y último castigo.
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