Todos conocemos y hemos estudiado las características que
todo maestro ha de tener para llegar a
ser un buen educador. Y todos, o al menos eso espero, deseamos alcanzarlas y
poder ponerlas en práctica. Sin embargo, hay un aspecto que, para mi desgracia
demasiadas veces, he echado en falta a lo largo de mi formación educativa,
sobre todo en los últimos cursos escolares, y que espero poder transmitir a mis
alumnos cuando sea maestra.
Yo no quiero servir a mis alumnos la comida en bandeja, cortada y a
poder ser bien triturada para que ellos solo tengan que ingerirla con el mínimo
esfuerzo posible, amontonarla durante un tiempo en el estómago sin digerirla y
luego expulsarla para dejar espacio a otra.
Yo quiero abrirles el apetito, ofreciéndoles la comida de
forma exquisita, convirtiendo hasta la más indigerible en todo un
manjar. Quiero que se les haga la boca agua, que se abalancen sobre ella.
Yo no quiero que la devoren y no quiero meterles la comida con
un embudo, a la fuerza si es necesario, pensando que cuanta más amontonen mejor y que cuanto antes se la demos más serán capaces de amontonar.
Yo quiero que la degusten, que la saboreen lentamente, que
la mastiquen todo el tiempo que haga falta hasta que se derrita en su paladar,
que la almacenen y que la expulsen una vez esté bien digerida.
En definitiva, lo que yo quiero es que lleguen hambrientos a
clase y que salgan saciados pero inquietos, con ganas de más, con más hambre.
¡Me apunto!
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