Cuando escucho la palabra música, en mi mente se forma un
torbellino de sensaciones: paz, relajación, disfrute, alegría, exaltación,
evasión, gozo, tranquilidad, excitación, impaciencia, atención, escucha,
tristeza, congoja, melancolía, locura, revolución… un torbellino de momentos, de recuerdos, de personas.
Ya desde pequeñita desarrollé el oído musical de mi padre y la
pasión y el amor que en su familia le habían transmitido por la música. Me
enseñó a tocar la guitarra y me apuntó al conservatorio Luis Morondo de
Barañain. Allí fue donde aprendí a distinguir entre una clave de sol y una
clave de fa; a leer una partitura; a saber el tono de una pieza; a entender la música; y lo más importante… a tocar Mi instrumento, el clarinete.
Durante ocho años he vivido innumerables experiencias con mi
clarinete: cuando se me cayó al suelo nada más comprarlo porque lo abrí del
revés; la ilusión de aprender a tocarlo; el nerviosismo de mi primer concierto;
el pánico de mi primera improvisación; la emoción de las giras con la banda
joven; la sensación al tocarlo y escuchar su sonido, etc.
Hasta que llegó un momento en el que el profesor empezó a exigirlo como si fuera lo único importante en mi vida, no como un mero hobby con el que disfrutaba enormemente, sin presiones ni agobios. Dejó de ser algo mágico y libre, algo que calmaba mi espíritu y apaciguaba mi alma, para convertirse en una obligación, en algo estresante, en un peso cada vez más tortuoso e imposible de llevar…y abandoné.
Hasta que llegó un momento en el que el profesor empezó a exigirlo como si fuera lo único importante en mi vida, no como un mero hobby con el que disfrutaba enormemente, sin presiones ni agobios. Dejó de ser algo mágico y libre, algo que calmaba mi espíritu y apaciguaba mi alma, para convertirse en una obligación, en algo estresante, en un peso cada vez más tortuoso e imposible de llevar…y abandoné.
Aunque sé que no lo hubiese podido aguantar, me arrepiento
profundamente… Pero me arrepiento de haberlo ocultado durante un tiempo bajo
una densa capa de polvo; de que hicieran que me aburriese de él. Porque no
aprecias lo que tienes hasta que lo pierdes. Y ahora me cuesta volver a tocar
como antes, aunque no lo haya olvidado; me cuesta leer una partitura con tanta
facilidad y rapidez. Ya no es lo mismo.
Sin embargo, hay algo que no ha cambiado. Sigo sintiendo esa sensación de que cuando toco me olvido de quien soy, me evado de mi estresante e incierta realidad y viajo a otro mundo, el mundo de la música.
http://www.youtube.com/watch?v=O_JkhFuzEoo
http://www.youtube.com/watch?v=O_JkhFuzEoo

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