Otra gran oportunidad que tuve durante Secundaria fue poder
participar en distintos intercambios.
El colegio San Cernin apuesta fuerte por el plurilingüismo y
yo tuve la suerte de beneficiarme de ello. Aprendí francés y alemán, además de
perfeccionar mi inglés. ¿Qué mejor manera de poner en práctica los
conocimientos adquiridos en el idioma que viviendo una semana increíble en el
país de esa lengua?
Afortunadamente, yo pude practicar los tres idiomas en tres
países distintos.
El primer año fui a Toulouse (sur de Francia) y aunque la
frase más larga que conseguí pronunciar después de mucho tiempo preparándola
fue: “On va aujourd’hui en bus ou à pied?” (¿Hoy vamos en autobús o andando?),
fue toda una lección de humildad porque aprendí a respetar una cultura distinta
a la que yo estaba acostumbrada (la familia de mi francesa procedía de Marruecos). Me ayudó a dejar de lado los prejuicios que tan inconscientemente tenemos a menudo y a darme cuenta de que no existen culturas mejores o
peores que el resto, simplemente distintas.
Encantada con mi primer contacto real con el francés, al año siguiente repetí pero esta vez en Burdeos (suroeste
de Francia) y con una mayor confianza y fluidez al hablar. Sin lugar a dudas me
tocó con la francesa más simpática y amigable de todo el intercambio, con quien compartía
aficiones como el balonmano. Me acuerdo que el fin de semana fuimos a visitar
unos viñedos con el club de senderismo de su madre y aprendí a conocer la
historia que se escondía detrás de cada rostro, la biografía de cada persona,
la mochila llena de experiencias con la que cada uno andaba; al igual que aprendí a saber escuchar a las personas mayores y a interesarme por las sabias lecciones de vida que te pueden transmitir.
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