Sin embargo, la música no solo ha estado presente en mi vida
a través del conservatorio. En la familia de mi padre siempre han sido unos
grandes músicos. Él y sus tres hermanos recorrieron media España en el 1500 de
mi abuelo para cantar jotas con mi tío ciego al acordeón. Aunque yo no he
heredado su pasión por las jotas, ni mucho menos, siempre les estaré agradecida
por haberme introducido en el mundo de la música.
No hay reunión familiar en la que falte una guitarra y un
buen repertorio para estar cantando durante horas y horas. En Navidades,
comuniones, celebraciones, comidas… cualquier momento es idóneo. El compartir
una afición tan grande nos hace estar más unidos si cabe. Por ejemplo, le compusimos una canción a mi bisabuelo por
su centenario entre todos los primos, cantamos una jota cuando se casaron mis
tíos, hemos dado algún que otro concierto delante de la familia, o simplemente
pasamos una tarde entera intercambiándonos instrumentos y tocando nuestras
canciones preferidas… Son momentos que recuerdas con gran admiración y que
permanecerán eternamente, que forman parte de tu andadura y de tu aprendizaje y
que esperas poder compartir con tus nietos. Se trata de una tradición que
confío no perder nunca.
Así, gracias al esfuerzo y la constancia de mis padres he podido conocer, ilusionarme y amar la música. La música compartida es aquello que llena la casa de vitalidad y alegría, que une y que permite estrechar lazos afectivos, que te hace feliz y hace feliz a los demás. La música para mí es aquella vía de escape a los problemas diarios, aquella ausencia temporal de la realidad, aquella necesidad que relaja la mente y calma el espíritu, que te hace sentir viva.
Y es que "quien ama la música ama la vida" (Alfonso X el Sabio)
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