martes, 20 de marzo de 2012

"No dejéis de soñar"


¿Por qué elegí hacer este blog? El profesor Fernando Carbajo dijo que “si de verdad queríamos ser educadores en un futuro, teníamos que reflexionar sobre la educación que habíamos recibido”. Me di cuenta de cuan verdadera era esa frase. ¿Cómo pretendíamos estimular el pensamiento crítico y reflexivo de nuestros alumnos, si antes no lo aplicábamos a nosotros mismos? Siempre he sido de aquellas personas que, por una aparente falta de tiempo y, muchas veces, de voluntad, corría por la vida sin detenerse si quiera a pensar en el por qué y para qué de mis acciones, sin darles un verdadero sentido, sin ir más allá de las vanas superficialidades. Siempre he echado en falta lo que actualmente se denomina como competencia de aprender a aprender, es decir, aprender a pensar. Por eso este proyecto captó mi atención ya que lo vi como una excelente oportunidad para empezar a cambiar aquello que sabía que siempre me había fallado.

¿Sobre qué he reflexionado en este blog? En cuanto acepté el reto de escribir un blog, en seguida vinieron a mi mente multitud de ideas. Todas ellas con un objetivo común: criticar los aspectos negativos de mi educación. Y es que mi indignación, enfado y exacerbación era tal que una nube de ira me impedía vislumbrar algún aspecto positivo de mi colegio. Injustamente, él era el único culpable de todo lo que me había pasado.

¿Para qué me ha servido este blog? Para darme cuenta de los aprendizajes positivos que había guardado en el baúl de los recuerdos. Estaba tan cegada por el odio que no se me ocurría ninguna razón por la que mi educación había sido fructífera. Y esa fue una de las razones, que mi subconsciente se negaba a admitir, por las que decidí hacerme maestra: para no cometer los fallos que a mi parecer habían cometido conmigo.

Gracias a las reflexiones que no sé si habré sido capaz de expresar he podido enterrar ese pesimismo y he podido borrar la culpa. Las influencias extrínsecas, el ambiente, no determinan tu comportamiento ni elecciones, a lo sumo condicionan. Pero tú eres quien decide libremente seguir uno u otro camino, tú en tus propias fuerzas, nadie lo hace por ti.

Además, gracias a este blog he podido profundizar y darme cuenta de aspectos que hasta el momento habían pasado desapercibidos y que marcaron mi educación. Ahora sé qué es lo que quiero para mis alumnos y cómo no me tengo que comportar. Como he intentado manifestar en algunas entradas, lo que quiero es que cada alumno aprenda a pensar por sí mismo, que vaya más allá del libro de texto, que se interrogue, que se inquiete, que se motive, que sueñe, que lo disfrute y que lo aproveche. Porque “prosigue el poderoso drama, y tú puedes contribuir con un verso”. Quizás se me tache de idealista, pero solo espero que un futuro no muy lejano mi utopía se convierta en realidad y "crea en mis propios sueños, como hacen los niños".


lunes, 19 de marzo de 2012

9885600


“Imagina que cada mañana te encuentras 1440 euros”….”puedes repartirlos, gastarlos, divertirte con ellos o quemarlos; pero lo que no uses, al final del día desaparecerá”.

Así es como comienza el siguiente anuncio:

http://www.youtube.com/watch?v=bKdQTot4OjQ&feature=player_embedded


Sin embargo, en lugar de 1440 euros, el regalo que cada mañana aparece en nuestra puerta son 1440 minutos. Un regalo del que muchas veces no somos conscientes y que otras tantas no sabemos apreciar.

Tiempo... palabra que cada vez más produce terror y angustia. El tiempo es algo que no podemos controlar, que no está en nuestras manos, y por eso mismo, porque necesitamos sentirnos seguros y dueños y señores de nuestra vida, intentamos atraparlo y agarrarnos a él fuertemente para evitar que se nos escape. Y no nos damos cuenta de que lo único que conseguimos aferrándonos a él es que se nos escape aún más rápido, impidiéndonos vivir. 
 

“Así es como funciona la vida”. Con tus acciones libres, vas construyendo tu día a día, tu proyecto de vida. De ti depende cómo quieres afrontar el gran reto que cada mañana se te presenta frente a tu puerta: la vida. Puedes gastarla, divertirte con ella o quemarla. O también puedes hacerla rendir en servicio a los demás. Como dijo Robert Baden Powell, “la verdadera manera de obtener la felicidad, es haciendo felices a los demás”.

Tras volver a leer todas las entradas del blog escritas hasta ahora, y profundizar en la reflexión realizada, me doy cuenta de que ha merecido la pena vivir cada minuto de mi vida. Han sido 9885600 minutos llenos de amor y de cariño, de alegrías y de penas, de aventuras y de retos… Y aunque no todo haya sido un camino de rosas, no lamento ni un solo instante, ni un solo minuto. Porque cada uno de ellos y cada persona que ha aparecido en mi vida han contribuido a que me convierta en quien soy. Y todo ello tengo que agradecérselo a quien ha permitido que yo viva tantos minutos y a quien permite que yo siga teniendo cada mañana 1440 minutos. 



Cada mañana se nos regalan 1440 minutos. "Piensa bien qué vas a hacer con ellos".


sábado, 17 de marzo de 2012

La música (2)


Sin embargo, la música no solo ha estado presente en mi vida a través del conservatorio. En la familia de mi padre siempre han sido unos grandes músicos. Él y sus tres hermanos recorrieron media España en el 1500 de mi abuelo para cantar jotas con mi tío ciego al acordeón. Aunque yo no he heredado su pasión por las jotas, ni mucho menos, siempre les estaré agradecida por haberme introducido en el mundo de la música.

No hay reunión familiar en la que falte una guitarra y un buen repertorio para estar cantando durante horas y horas. En Navidades, comuniones, celebraciones, comidas… cualquier momento es idóneo. El compartir una afición tan grande nos hace estar más unidos si cabe. Por ejemplo,  le compusimos una canción a mi bisabuelo por su centenario entre todos los primos, cantamos una jota cuando se casaron mis tíos, hemos dado algún que otro concierto delante de la familia, o simplemente pasamos una tarde entera intercambiándonos instrumentos y tocando nuestras canciones preferidas… Son momentos que recuerdas con gran admiración y que permanecerán eternamente, que forman parte de tu andadura y de tu aprendizaje y que esperas poder compartir con tus nietos. Se trata de una tradición que confío no perder nunca.

Así, gracias al esfuerzo y la constancia de mis padres he podido conocer, ilusionarme y amar la música. La música compartida es aquello que llena la casa de vitalidad y alegría, que une y que permite estrechar lazos afectivos, que te hace feliz y hace feliz a los demás. La música para mí es aquella vía de escape a los problemas diarios, aquella ausencia temporal de la realidad, aquella necesidad que relaja la mente y calma el espíritu, que te hace sentir viva.

Y es que "quien ama la música ama la vida" (Alfonso X el Sabio)

La música (1)


Cuando escucho la palabra música, en mi mente se forma un torbellino de sensaciones: paz, relajación, disfrute, alegría, exaltación, evasión, gozo, tranquilidad, excitación, impaciencia, atención, escucha, tristeza, congoja, melancolía, locura, revolución…  un torbellino de momentos,  de recuerdos, de personas.

Ya desde pequeñita desarrollé el oído musical de mi padre y la pasión y el amor que en su familia le habían transmitido por la música. Me enseñó a tocar la guitarra y me apuntó al conservatorio Luis Morondo de Barañain. Allí fue donde aprendí a distinguir entre una clave de sol y una clave de fa; a leer una partitura; a saber el tono de una pieza; a entender la música; y lo más importante… a tocar Mi instrumento, el clarinete.

 
Durante ocho años he vivido innumerables experiencias con mi clarinete: cuando se me cayó al suelo nada más comprarlo porque lo abrí del revés; la ilusión de aprender a tocarlo; el nerviosismo de mi primer concierto; el pánico de mi primera improvisación; la emoción de las giras con la banda joven; la sensación al tocarlo y escuchar su sonido, etc.


Hasta que llegó un momento en el que el profesor empezó a exigirlo como si fuera lo único importante en mi vida, no como un mero hobby con el que disfrutaba enormemente, sin presiones ni agobios. Dejó de ser algo mágico y libre, algo que calmaba mi espíritu y apaciguaba mi alma, para convertirse en una obligación, en algo estresante, en un peso cada vez más tortuoso e imposible de llevar…y abandoné.

Aunque sé que no lo hubiese podido aguantar, me arrepiento profundamente… Pero me arrepiento de haberlo ocultado durante un tiempo bajo una densa capa de polvo; de que hicieran que me aburriese de él. Porque no aprecias lo que tienes hasta que lo pierdes. Y ahora me cuesta volver a tocar como antes, aunque no lo haya olvidado; me cuesta leer una partitura con tanta facilidad y rapidez. Ya no es lo mismo.

Sin embargo, hay algo que no ha cambiado. Sigo sintiendo esa sensación de que cuando toco me olvido de quien soy, me evado de mi estresante e incierta realidad y viajo a otro mundo, el mundo de la música.


http://www.youtube.com/watch?v=O_JkhFuzEoo

"Cuestión de pulgadas"


El deporte siempre ha constituido una parte fundamental de mi vida. Ya desde pequeña me encantaba escalar (más de una vez me han tenido que bajar de algún árbol en el que me había quedado encalada), ir a la montaña con mi padre, echarle alguna que otra carrera, es decir, no parar quieta.  He llegado a practicar tanto deportes individuales (tenis, natación) como en equipo (baloncesto, balonmano...), sin llegar a identificarme con ninguno en concreto, siempre abierta a cualquier posibilidad de cambio e innovación.

Además he podido experimentar el deporte como hobby, con el único objetivo de disfrutar y pasar un buen rato con el deporte perfecto y la gente perfecta; y como competición, ampliando miras y practicándolo con el objetivo de mejorar y poder llegar con el equipo a lo más alto.

Sinceramente no sabría qué opción escoger. A pesar de que nunca he llevado muy bien la presión y de que me agobio fácilmente, jamás olvidaré la sensación de que cada partido es decisivo; la emoción que se siente cuando todo un público encendido te respalda y espera que lo des todo en el campo; el dejarte la voz y el alma en el banquillo al animar; la adrenalina y la actividad de cada entrenamiento y de cada partido; la euforia del triunfo…el hundimiento del fracaso; la percepción del equipo como un todo unido, que se desmorona si le falta una de sus partes.

Tampoco olvidaré las risas en los entrenamientos, las múltiples caídas y fallos, las cenas de equipo, la complicidad, las pastas después de algún entrenamiento,  las felicitaciones del entrenador, el sentirte importante, el destacar, el bienestar que te produce hacer deporte, los viajes en autobús, EL ESPÍRITU DE LUCHA Y DE SUPERACIÓN… y así una lista interminable de momentos y de recuerdos, que han hecho que quiera seguir avanzando, que no me rinda ante las dificultades, que luche por esas "pulgadas".

viernes, 9 de marzo de 2012

Living the adventure of life


En 3º de la ESO tuve la gran suerte de ir a Paderborn (Alemania) justo antes de Navidad. Nadie diría que me hallaba a 1.500 km de mi casa. Me encontraba en un ambiente acogedor, familiar, de preparación y de reunión, tan propio de estas fechas. Las calles estaban increíblemente iluminadas y nevadas; en casa se respiraba un aire de cercanía, de tranquilidad, de acogida; podía estar toda una tarde recorriendo maravillada los tan típicos Weihnachtsmarkten (mercadillos de navidad) sin parar de escuchar villancicos; podía ver la cara de felicidad y de impaciencia de los niños ante la llegada de St. Nikolaus…  

En el verano del mismo año viajé durante dos semanas a Bath (Inglaterra), tiempo caracterizado por la lluvia y los tés. Como allí no había finalizado el curso escolar, pude asistir a algunas clases en el colegio de mi inglesa. Me sorprendieron algunos aspectos: muchos alumnos en determinadas clases se ponían a comer y a escuchar música delante del profesor, la materia que ellos estaban dando, por ejemplo, en matemáticas, era inferior al nivel que nosotros teníamos, etc. Sin embargo, también observé que las clases eran más dinámicas, participativas y comunicativas; se promovía más el razonamiento lógico y el pensamiento crítico (por ejemplo tenían una asignatura en la que se limitaban a debatir continuamente sobre distintos temas de interés y preocupación general), etc.

En resumen, tener la oportunidad de salir de tu cómoda y segura zona de confort para vivir la aventura en un país totalmente nuevo y desconocido me ha permitido no solo practicar un idioma sino abrir la mente y ampliar mis horizontes, enriquecerme personalmente con las experiencias de los demás, conociendo una cultura y unas costumbres distintas a las mías. Ha sido una experiencia maravillosa e irremplazable. Han sido unas páginas más escritas, eso sí, subrayadas y en mayúsculas, en el libro de la vida.

Une nouvelle expérience


Otra gran oportunidad que tuve durante Secundaria fue poder participar en distintos intercambios.

El colegio San Cernin apuesta fuerte por el plurilingüismo y yo tuve la suerte de beneficiarme de ello. Aprendí francés y alemán, además de perfeccionar mi inglés. ¿Qué mejor manera de poner en práctica los conocimientos adquiridos en el idioma que viviendo una semana increíble en el país de esa lengua?

Afortunadamente, yo pude practicar los tres idiomas en tres países distintos.

El primer año fui a Toulouse (sur de Francia) y aunque la frase más larga que conseguí pronunciar después de mucho tiempo preparándola fue: “On va aujourd’hui en bus ou à pied?” (¿Hoy vamos en autobús o andando?), fue toda una lección de humildad porque aprendí a respetar una cultura distinta a la que yo estaba acostumbrada (la familia de mi francesa procedía de Marruecos). Me ayudó a dejar de lado los prejuicios que tan inconscientemente tenemos a menudo y a darme cuenta de que no existen culturas mejores o peores que el resto, simplemente distintas.

Encantada con mi primer contacto real con el francés, al año siguiente repetí pero esta vez en Burdeos (suroeste de Francia) y con una mayor confianza y fluidez al hablar. Sin lugar a dudas me tocó con la francesa más simpática y amigable de todo el intercambio, con quien compartía aficiones como el balonmano. Me acuerdo que el fin de semana fuimos a visitar unos viñedos con el club de senderismo de su madre y aprendí a conocer la historia que se escondía detrás de cada rostro, la biografía de cada persona, la mochila llena de experiencias con la que cada uno andaba; al igual que aprendí a saber escuchar a las personas mayores y a interesarme por las sabias lecciones de vida que te pueden transmitir. 

Aprender a emprender


Ser empresario con 15 años no es habitual. Tampoco lo es que el colegio te enseñe a crear y manejar tu propia empresa. Mi clase, junto con otros siete centros escolares de Navarra, tuvo la oportunidad de participar de forma pionera en el proyecto Tribucan.

Se trata de una iniciativa emprendedora y solidaria propuesta por Caja de Navarra cuyos beneficios se destinaron a la construcción de una escuela de formación profesional en Galle, uno de los países de Sri Lanka que en 2004 fue arrasado por el tsunami.

El trabajo constaba de cuatro fases:

1. Conocer y acercarse a la realidad social, económica y cultural del país antes y después del tsunami.

2. Estudiar la tarea que realizaron las ONG, especialmente Infancia sin Fronteras (a la que destinamos los fondos recaudados).

3. Trabajar sobre el término “emprendedor” y las aptitudes que ello conlleva como autonomía, iniciativa, planificación, toma de decisiones, trabajo en equipo,  evaluación…

4. Crear una empresa para la recaudación de dinero a partir de la venta de unos bolsos de tela reciclados y manufacturados por las mujeres de Sri Lanka.

A lo largo de los dos meses que duró este proyecto, aprendimos cómo trabajar en equipo y cómo cooperar para lograr nuestros fines; cómo desarrollar un proyecto social; cómo funciona una empresa y qué se necesita para ello; cómo ser emprendedores…

Sin embargo, también aprendimos más de cerca cuáles fueron las consecuencias del desastre natural y cómo era la vida de las personas de Sri Lanka tras ello. No fue un mero trabajo extraescolar con una parte entretenida como era vender las bolsas. Nos implicamos de tal manera que, una vez finalizado el proyecto, decidimos con la ayuda de nuestro tutor apadrinar a dos niños y una niña de Galle y darles aquello para lo que a nosotros se nos prepara, un futuro.

sábado, 3 de marzo de 2012

El cambio


Además del gran cambio que supuso dejar de ser una niña para empezar a convertirse en adolescente, es decir, abandonar la conformidad de la etapa de Primaria para adentrarse en un nuevo mundo de reglas y deberes, la  ESO; tuve que lidiar con un segundo reto, un nuevo colegio.

El hecho de que mi mejor amiga viniese conmigo facilitó el aterrizaje y ayudó a suavizar mi enfado. Yo no quería abandonar a mis amigos, a mis hermanos, a mi ya antiguo colegio del que conocía hasta la más remota esquina para tener que empezar de cero en otro lugar, concretamente en San Cernin.

El primer año fue difícil, pero no por culpa de los profesores o  de mis compañeros , sino porque yo lo quise hacer complicado. Quería hacer ver a todo el mundo que mi colegio seguía siendo Luis Amigó y que nunca iba a pertenecer a ese nuevo ambiente. 


<<Nunca digas nunca>>


Poco a poco, y gracias a que fui conociendo a las que ahora son mis amigas, me fui amoldando, acepté que no merecía la pena anclarse en un momento pasado, por muy bueno que hubiese sido, precisamente porque era eso, pasado. Acepté que lo único que podía hacer era recordar los increíbles años vividos y disfrutar y aprovechar el presente.


Echaba de menos esa cercanía, ese sentimiento de colectivo, de familia; pero en San Cernin aprendí lo que es la disciplina, el trabajo, la puntualidad... En definitiva, me volví una persona más adulta, con más responsabilidades, pero con también más oportunidades.

Algo más


Sin embargo, el colegio no solo lo constituían los profesores. Siempre me acordaré de Benito, un terciario capuchino que aparecía en el momento más indicado y saludaba a cada alumno de manera especial; o el director, quien, fiel a sus raíces valencianas, nos habría el apetito una vez al mes con la mejor paella echa por él mismo.

Así, el colegio no fueron solo las clases, el comedor, el recreo…fue algo más, fue mucho más.

Luis Amigó es un colegio que apuesta por una educación integral basada en valores cristianos y humanos, en un desarrollo creativo y armónico de la persona, dentro de un entorno privilegiado que nos permite estar en contacto con la naturaleza. Pero si tuviera que escoger una palabra para definirlo, esa sería cercanía. Éramos como una gran familia, o al menos así lo sentía yo.

Gracias a actividades como la Semana cultural, en la que se 
nos intentaba acercar las costumbres de otras provincias (Sevilla, Asturias, Valencia…); la Semana deportiva, que consistía en  “jugar con otros, no contra otros” a través de una serie de pruebas (soskarapostu, relevos, velocidad…), apoyándonos y animándonos entre todos (nunca olvidaré la alegría y el orgullo que sentimos  al ser la clase más deportiva en 2º de Primaria); el día de la Paz, en el que dejábamos volar palomas blancas en el patio; el día de Luis Amigó, conmemorando con una misa el espíritu de servicio y ayuda a los más pobres del fundador del colegio; el festival de Navidad, en el que cada clase preparábamos un villancico para cantarlo ante nuestros padres; la fiesta del colegio, en la que el director viajaba a Valencia solo para deleitar nuestros oídos con la mejor traca valenciana; Carnavales, el Cross, etc.

Y así, una lista interminable de actos, de fechas, de momentos, que hicieron que el colegio fuera algo más.







Mi escuela


En la primera entrada del Blog dejé claro que los dos pedales indispensables para avanzar en el proceso que llamamos educación son la familia y la escuela. En su momento di cuatro pinceladas acerca de Mi familia, ahora le toca el turno a Mi colegio, o mejor dicho Mis colegios.

He tenido la suerte de cursar toda la etapa de Infantil y Primaria en el colegio Luis Amigó. Y digo suerte porque ha sido, junto con la familia, el lugar donde he crecido, he madurado, y sobre todo, he aprendido durante la mitad de mi corta pero intensa vida. Ha sido el lugar donde he jugado, he hecho amigos…y no tan amigos; donde he escuchado, aceptado, respetado y perdonado; donde he reído y llorado; donde he competido y me he superado; el lugar donde he amado… el lugar que he amado.

Y todo ello ha sido posible, en gran medida, gracias a los profesores, esas personas con nombre y apellidos que nunca me cansaré de recordar y querer.

Ricardo fue mi primer profesor; yo fui su primera alumna, su alumna favorita (no era de extrañar, puesto que durante los tres primeros años de Infantil solo estuvimos dos chicas en clase).  Siempre me acordaré de aquel día en que me castigó a pensar contra la pared. El sentimiento de haberle decepcionado caló tan hondo...que fue el primer y último castigo.


El cambio a Primaria fue un gran salto para una personita tan pequeña, que, sin embargo, deseaba hacerse mayor. Siempre recordaré a Eugenia y los innumerables teatros y bailes que nos dejaba interpretar en clase tras los recreos; a Carmelo, quien supo motivarme para superarme día a día y ser la mejor de la clase; a Pilar, quien supo inculcar en mí el esfuerzo, la constancia, el trabajo diario y supo transmitirme su amor por las matemáticas. 


sábado, 25 de febrero de 2012

Mi elección (2)


La idea de estudiar Magisterio siempre había rondado en mi cabeza pero nunca la había considerado como una opción seria y de peso. Digo yo que estando rodeada de siete hermanos y una veintena de primos pequeños me habría dado cuenta si lo mío era la enseñanza de niños. Nada más lejos de la verdad. He de agradecer dos acontecimientos que ocurrieron en el verano antes de comenzar la Universidad que me abrieron los ojos.

El primero de ellos fue una persona, quien decidió romper mis esquemas en el momento menos oportuno. Él ya sabía que me había matriculado en otra carrera y aun así dejo caer un comentario que despertó algo en mí y me sumió de nuevo en la duda. Me dijo: “María, ahora mismo se necesitan profesores cristianos como tú”. Estuve toda la noche dándole vueltas y considerando esa posibilidad, hasta que mis padres me hicieron aterrizar a la mañana siguiente. Sin embargo,  no fui capaz de dejarla marchar del todo.

Días más tarde me marché a una ciudad llamada Swansea, en Gales (Reino Unido) como voluntaria para ayudar en un campamento de niños. Se trataba de organizar juegos, actividades manuales y canciones para amenizar la tarde a 35 niños, en su mayoría hindúes, de 4 a 12 años. Pero me bastaron esas dos horas diarias para darme cuenta que estando con ellos me sentía completa y feliz y que era algo que quería hacer el resto de mi vida.


Gracias a esta increíble y maravillosa experiencia descubrí al fin mi vocación y tuve la suerte de poder cambiarme de carrera precipitadamente.

Lo único que puedo decir ahora es que no ha habido un día en que me haya arrepentido de Mi elección.

Mi elección (1)


Cuando llegaba mi turno y me preguntaban “¿y tú, qué quieres ser de mayor?”, mis respuestas eran de lo más variopintas.  La inocencia e ingenuidad propias de una niña pequeña se reflejaban en ellas: “periodista deportiva para ver jugar al Real Madrid”,  “ama de casa para no trabajar” o “secretaria para llevar tacones y pintarme”. Conforme fui creciendo, mis contestaciones adquirieron más fundamento: “médico para ayudar a los demás”, “guía turística para viajar por todo el mundo”… Y cuando verdaderamente se acercaba el momento de elegir, fluctuaron de un extremo a otro incesantemente: “medicina para especializarme en psiquiatría o neurología”, “filología inglesa”, “psicología”, “administración de empresas”, “turismo”, “derecho”, etc.

No puedo decir que me encontrase entre las “afortunadas” que descubren su vocación a temprana edad. Siempre he sido muy indecisa, principalmente porque nunca me he llegado a identificar con un ámbito de estudio concreto. Así, cursé el itinerario de Ciencias de la Salud en parte porque era una opción que no me cerraba las puertas a otros campos. Durante el primer curso de Bachiller rondaba en mi mente la idea de estudiar Medicina, pero al comenzar 2º de Bachiller las tornas giraron hasta el punto de que intenté cambiarme al itinerario de Ciencias Sociales. Al ver que para ello tenía que recuperar las asignaturas del año anterior y que tampoco lo tenía tan claro, decidí continuar cursando Biología.
A lo largo del curso fui cambiando de carrera cada mes, pensando en todas las que he mencionado antes. Hasta que finalmente, por descarte, llegué a la conclusión de que no me quedaba otra que estudiar ADE y Derecho. 

Y diréis… ¿Cómo he acabado estudiando Magisterio?

¿Para qué? (2)


¿Para qué el colegio?¿Para qué la Educación Secundaria Obligatoria?¿Para qué Bachiller?

Siempre me han insistido en la importancia de elegir, de tomar tus propias decisiones, y más aún si se trata de elegir tu futuro profesional.

Desde esta perspectiva, el colegio, los profesores, las asignaturas  se convierten en los guías de este camino de descubrimiento y realización personal y profesional, pero no pueden decidir por ti. Lo que sí pueden hacer es proporcionarte todos los recursos posibles para facilitarte la elección. Pero, ¿para qué sirven verdaderamente?¿son eficaces?

En mi caso siempre he echado en falta más práctica (por no decir algo de práctica), más contacto con el mundo real, con el mundo laboral del que esperamos formar parte en un futuro y para el que, en teoría, nos preparan. No puede ser que vivamos en una burbuja hasta Bachiller y de repente nos obliguen a tomar una decisión que determinará en gran parte nuestra vida. Porque no es lo mismo escuchar a un médico hablar de su profesión que ayudarle en su práctica diaria. No es lo mismo que te cuenten cómo funciona una empresa que comprobarlo por ti mismo al trabajar durante un tiempo en ella.

Esto ocurre en otros países como Alemania o Estados Unidos, en los que los estudiantes de últimos cursos realizan una semana de prácticas en empresas reales  y así comprueban si es o no su vocación. Pero no pueden pretender que encontremos la luz si andamos a ciegas. Nos están pidiendo que nos lancemos al medio del océano sin conocer si habrá salvavidas, que saltemos al vacío sin saber si habrá una colchoneta que amortigüe nuestra caída o la haga más estrepitosa. Nos están pidiendo que elijamos entre un abanico infinito de posibilidades de las que solamente nos podemos formar una idea mental. Por eso todos los niños contestan, al menos una vez en su vida, a la tan frecuente pregunta “¿qué quieres ser de mayor?” lo que ven, lo que conocen: “yo, profesor” o “yo, médico como mi padre”.

¿Para qué? (1)


Más adelante, llega otro momento en nuestra adolescencia en el que el por qué se convierte en para qué.

¿Para qué estudio?¿Para qué voy al colegio?¿Para qué sirven las matemáticas?¿Para qué tengo que ir a clase?

Creo que se trata de interrogantes que nos hemos planteado en más de una ocasión a lo largo de nuestra vida escolar, especialmente en los últimos años de formación académica, orientados, en teoría, a la elección de estudios superiores que nos preparen de manera competente para la inserción en el mundo laboral. Pero esta es una cuestión en la que me detendré en la siguiente entrada.

En esta entrada me gustaría centrarme en la primera pregunta: ¿para qué estudio? Se me ocurren varias respuestas al respecto: para hacer el examen, para sacar buena nota, para  aprender, para tener una formación, para labrarme un futuro más prometedor…

Sin embargo, bajo mi punto de vista (basado en mi experiencia e impresiones recibidas de mi entorno educativo), la finalidad, el para qué del estudio de las diferentes materias es el obtener un resultado acorde a tus expectativas académicas en los exámenes. Creo sinceramente que es un gran y triste fallo focalizar el estudio en la realización de las evaluaciones, es decir, que nuestro objetivo principal, nuestra  única “motivación” para estudiar y esforzarnos sea hacer el examen y sacar buena nota.

Y es un fallo que desgraciadamente yo he cometido como estudiante. Al final lo que importa es la media, los exámenes y no el aprendizaje que se da por medio. Al final te conformas con estudiar lo necesario para aprobar y “como esto no entra para el examen, no me lo miro”. Al final tú única duda al terminar la clase es: “¿esto va a caer en el examen?”.

Está claro que se debe evaluar al alumno a través de pruebas objetivas para ver si ha integrado correctamente los conocimientos recibidos, pero deberíamos cambiar el enfoque de estudio y no entender que su finalidad principal es la nota sino ampliar nuestras miras e ir más allá de los exámenes.

¿Por qué?


Hay un momento de nuestra infancia en el que ponemos indefinidamente a prueba el ingenio y la paciencia de nuestros padres, proporcionándoles más de un quebradero de cabeza;  un momento en el que nuestra curiosidad y persistencia alcanzan límites insospechados; un momento en el que nos convertimos en “pequeños filósofos”… la época de los por qué.  Así, llega una etapa en la que de nuestra boca sale, día sí y día también, la misma pregunta: ¿y por qué?

“¿Por qué son vacaciones?- Porque no hay colegio ¿Y por qué no hay colegio?- Porque es verano ¿Y por qué es verano?- Porque hace calor ¿Y por qué hace calor?- Porque sale el sol ¿Y por qué sale el sol?...”

Yo no es que me acuerde precisamente de la mía pero sí que la he vivido con mis hermanos pequeños y sé que muchas veces la única respuesta que obtienen a cambio de su inquietud de saber es un rotundo y sincero “¡porque sí y punto!”.

Hemos descubierto un nuevo mundo lleno de reglas, costumbres, prohibiciones, sentimientos, afectos, órdenes, posibilidades… que ansiamos descubrir, explorar, probar y nuestro lenguaje nos permite expresar con palabras  cada interrogante que nos planteamos, cada nimia duda que nuestro limitado entendimiento no puede resolver.

 Sin embargo, corremos el peligro de que llegue otro momento, un momento en el que dejemos de preguntarnos el porqué de las cosas y nos apalanquemos en un cómodo conformismo de saber. Esa no es la actitud propia de un educador. Un educador siempre tiene que estar activo y en continua búsqueda, indagación y preocupación por lo que pasa a nuestro alrededor. No lo olvidemos, no dejemos nunca de preguntarnos el por qué, ya que  de lo contrario no hallaremos la verdad y, entonces,  ¿cómo se la vamos a transmitir a nuestros alumnos? Tenemos que estar despiertos ante la vida, con una actitud insaciable de conocimiento, sin acomodarnos ni aceptar lo que nos digan.

Un buen educador


Todos conocemos y hemos estudiado las características que todo maestro ha de tener para llegar a ser un buen educador. Y todos, o al menos eso espero, deseamos alcanzarlas y poder ponerlas en práctica. Sin embargo, hay un aspecto que, para mi desgracia demasiadas veces, he echado en falta a lo largo de mi formación educativa, sobre todo en los últimos cursos escolares, y que espero poder transmitir a mis alumnos cuando sea maestra.

Yo no quiero servir a mis alumnos la comida en bandeja, cortada y a poder ser bien triturada para que ellos solo tengan que ingerirla con el mínimo esfuerzo posible, amontonarla durante un tiempo en el estómago sin digerirla y luego expulsarla para dejar espacio a otra.

Yo quiero abrirles el apetito, ofreciéndoles la comida de forma exquisita, convirtiendo hasta la más indigerible en todo un manjar. Quiero que se les haga la boca agua, que se abalancen sobre ella.

Yo no quiero que la devoren y no quiero meterles la comida con un embudo, a la fuerza si es necesario, pensando que cuanta más amontonen mejor y que cuanto antes se la demos más serán capaces de amontonar.

Yo quiero que la degusten, que la saboreen lentamente, que la mastiquen todo el tiempo que haga falta hasta que se derrita en su paladar, que la almacenen y que la expulsen una vez esté bien digerida.

En definitiva, lo que yo quiero es que lleguen hambrientos a clase y que salgan saciados pero inquietos, con ganas de más, con más hambre.

viernes, 10 de febrero de 2012

Mi familia


En esta entrada no pretendo explicar qué es la familia ni su importancia para la educación porque su valor es innegable,  sino qué ha significado para mí MI familia, cómo ha influido en mi educación y en mi desarrollo como persona, ya que la finalidad de este blog es ayudarme a reflexionar sobre MI educación.

He tenido la gran suerte de nacer en una familia numerosa. Y digo suerte porque  el ser la mayor de ocho hermanos me ha permitido tener siempre el sentido de la responsabilidad y del compromiso más arraigado, una mayor capacidad de esfuerzo y de superación, de respeto y de cooperación; al igual que el sacrificio y el amor por la vida que he visto reflejado en mis padres; dejando de lado la vitalidad y la alegría que caracterizan el día a día familiar. Pero más allá de esos valores que siempre han estado presentes en mi familia,  el don más preciado que mis padres me han transmitido ha sido la Fe. Esto ha permitido que me forme una visión trascendental de la vida, una manera distinta de afrontar el sufrimiento que trae consigo y de vivir las experiencias diarias. Y todo esto no se aprende en la escuela, sino que hay que vivirlo en familia.

Este vídeo refleja en cierta medida la educación en valores que he recibido en mi familia.

"Quien eres deja huella"


Este es un caso verídico  en el que una profesora de Nueva York quiso dejar claro el impacto que cada uno de sus alumnos había causado en su vida. Para ello, decidió darles tres cintas en las que se leía: ‘Who I am makes a difference’ (“Quien soy deja huella”) y así cada alumno tenía que dárselas a una persona que fuera importante en su vida y que esta continuase la cadena. Aquí abajo os dejo el vídeo sin adelantaros el impactante final de esta brillante iniciativa.


¿Por qué me ha llamado la atención esta historia? Porque pienso sinceramente que el ser maestro es una de las profesiones más enriquecedoras humanamente hablando, ya que se trata de una relación de simbiosis (tanto el alumno como el profesor salen beneficiados). Así, no solo se persigue el crecimiento personal de cada alumno, esto es, educar en libertad para que desarrolle al máximo sus posibilidades y alcance la felicidad, sino que también el profesor puede aprender de cada uno de ellos. Por ello, no es del todo cierto que “el profesor da más de lo que recibe”. Es verdad que es muy satisfactorio ver cómo tus alumnos aprenden y más si se ve reflejado en los resultados académicos, pero, aunque no sea tangible, el profesor recibe mucho más de sus alumnos. Y es que estoy convencida de que cada alumno transmite y marca, en mayor o menor medida, al profesor, dejando su huella. ¿Y qué mejor forma de agradecérselos que haciéndoselos ver? Aun me acuerdo, y creo que nunca se me olvidará, aquella profesora de matemáticas que, sabiendo que era mi último año en ese colegio, me escribió una carta (la cual conservo) diciendo lo agradecida que estaba porque hubiese sido su alumna y deseándome lo mejor en “mi nueva andadura”; o aquel profesor de infantil recién licenciado que, al ser su primera clase, nos cogió tanto cariño que aun se acuerda de mi cumpleaños.

Y es que, muchas veces, nuestros alumnos también necesitan saber que nos importan y que han dejado una huella en nuestros corazones. 

Educación


Me gustaría dedicar mi primera entrada a explicar el porqué de la foto de fondo de mi blog, y en definitiva, el sentido que para mí tiene el término “educación”.

La educación es un “camino” que no tiene fin, que no se termina, que nunca se realiza del todo porque siempre se puede “andar” más y más. Es un proceso que el educando no puede realizar por sí solo, necesita una “bicicleta” que le sirva de soporte y le ayude a ponerse en marcha (la escuela, los padres…), es decir, necesita de los educadores (profesores y sobre todo familia). Es el educando quien “pedalea” pero para ello precisa de un empujón, una ayuda que le impulse  a “pedalear” y que le guíe en el camino, para que pueda hacer frente a los “obstáculos” que se interpongan en ese caminar, ya sean externos (situación familiar, ámbito social y político…) o internos (incapacidades, falta de interés, motivación…) y para que vaya creciendo como persona a lo largo del “camino”.

En mi opinión, para educar son indispensables los dos “pedales” de la bicicleta: la familia y la escuela (dejando de lado el papel que juega la sociedad, los medios de comunicación, etc.).  Si uno de ellos falla, el “caminar” se hace más arduo y difícil. Esto no quiere decir que imposibilite la educación, sino que la hace “cojear”, la hace incompleta. La escuela no es capaz de suplir lo que en la familia se transmite (amor, vínculos fraternales, valores y creencias…),  al igual que la familia no puede suplir lo que en la escuela se enseña (socialización, conocimientos, adquisición de competencias y hábitos…).  Ambas han de complementarse e interactuar con el protagonista de este “caminar”, el educando.